Katsuo ajustó la lente de sus ojos y comenzó a estudiar la estructura cuántica del cerebro. Los átomos que formaban la mente de un androide no eran tan estables como se suponía. En realidad, estaban atados a la incertidumbre del micro mundo que habitaban. Por eso era tan común que necesitaran reparaciones, sobre todo si eran modelos relativamente antiguos. Eso no significaba que los nuevos fueran mejores. No lo eran. Solo que aún no habían vivido ni pensado lo necesario para tornarse virtualmente caóticos. Igual, esos nuevos modelos estaban fuera de su campo, porque ya no llegaban al sistema de Ohashi, mucho menos al satélite de Tezuka. Katsuo se especializaba en la reparación de cerebros de la generación Beta, como se denominaba a los androides que aún no incluían en su matriz programas de reordenamiento. Esa era la razón por la cual esos viejos seres sintéticos solían ser tan valiosos. Los androides Omega, falsamente publicitados como la gran evolución artificial, no alcanzaban nunca un nivel de complejidad humana en su comportamiento, debido a esos programas de corrección. Y por suerte, estos no eran compatibles con las generaciones anteriores, así que los androides Beta podían seguir exhibiendo con orgullo ese libre albedrío que los caracterizaba, más allá de tornarlos peligrosos y a veces inútiles. Claro que Katsuo tenía la sospecha de que ni siquiera un programa de corrección era capaz de evitar que un androide formara una auténtica identidad. Tarde o temprano, los Omega se volverían caóticos. Y mucho más interesantes.
Lamentablemente, y pese a todos sus esfuerzos, Noriko parecía estar muerta. El desorden cuántico de su cerebro había sobrepasado el nivel de desequilibrio recomendado. Su mente estaba físicamente disuelta. No había manera de ensamblar la arquitectura atómica de sus pensamientos. La estructura del cerebro se había desintegrado por completo. Era un diagnóstico doloroso para él. Tezuka perdería a una de sus más famosas erodroides. Una prostituta que se había codeado con la alta sociedad de Yamamoto y que había alcanzado fama en todo el sistema. La reparó infinidad de veces y soñaba que, con el tiempo, abandonaría la profesión y trabajaría para él como asistente. Noriko era como una hija. Solían pasear juntos en los ratos libres, a la sombra de las autopistas, bajo el susurro de los aerodeslizadores, por esos parques de antaño que ya nadie cuidaba. Poseía una inteligencia exquisita y se decía que se tomaba el atrevimiento de darles consejos a sus clientes, los jerarcas de Yamato. Había sido fabricada en la casa matriz de Yonesawa, la más importante ensambladora de androides de la Liga de Monopolios. Nadie sabía cómo había llegado a Tezuka, un lugar tan marginado y desolador. Se contaban muchas historias y ella nunca las legitimaba, alimentando así su propio mito. Probablemente, había escapado de su mundo de origen, buscando un sitio tranquilo donde desarrollar su vida. Era una característica de Ohashi: aceptar a los exiliados. Incluso a aquellos que negaban serlo.
Apesadumbrado, se frotó los ojos y bajó la cabeza. El peso de su experiencia le permitía determinar ese fatídico diagnóstico sin tener que realizar un análisis más profundo. Se puso de pie, apagó el instrumental y se peinó el delgado bigote que pendía sobre el labio superior de su boca. Los androides tampoco eran inmortales. Generalmente, cuando lograban eludir los controles de mortalidad, vivían dos o tres siglos. Luego se descomponían inexorablemente. Para un especialista en cibernética como él, verlos morir era muy triste. Los humanos, a pesar de sus múltiples implantes, a pesar de consumir drogas de longevidad, morían con sus cuerpos gastados por el tiempo, arrugados, enfermos, oxidados por el aire que también les daba vida. Un androide, en cambio, moría repentinamente. En la cima de su inteligencia. Con su belleza eterna y perfecta. Noriko, para colmo, era la prostituta más bella de Ohashi. Y la más lúcida. Una máquina de placer construida antes de la crisis, antes de la decadencia generalizada que carcomía a la Galaxia. Era un recuerdo de la arrogancia alcanzada por el hombre antes de iniciar su caída, esa que las noticias pregonaban desde todos los puntos del universo conocido. La muerte de Noriko, pensó, era el fin de una era.
En otros tiempos, habría sido obligado a entregar el cuerpo al Ministerio de Inteligencia Artificial. Ellos se habrían encargado de reciclarlo con un nuevo cerebro rígido o desmontarlo para la venta de sus componentes. Pero esos tiempos se habían terminado y la Corporación ya no se preocupaba por androides muertos. El cuerpo de Noriko le pertenecía ahora a Katsuo. Sus componentes eran valiosos porque eran compatibles con muchos modelos que aún funcionaban en Tezuka. Pero mutilarla era un sacrilegio que no cometería. Últimamente, los achaques de su vejez lo habían vuelto un sentimental. Así que guardaba los cuerpos en una góndola que había construido en un laboratorio situado en el Parque Industrial. Era algo así como un cementerio. Ese lugar de descanso que solían utilizar los antiguos para sus seres queridos. Una tradición que, según las leyendas, fue común en el planeta Tierra, la cuna de la humanidad.
Se mordió los labios y recordó que debía tomar las pastillas de rejuvenecimiento. Era la medicina que lo mantenía con vida a sus ciento cincuenta y seis años de edad. Sin embargo, prefirió quedarse allí, ante la contemplación de Noriko, bombardeado por aquellos momentos que habían pasado juntos. Sentía que también una parte suya había muerto. Que ya no tenía sentido aferrarse al capricho de una vida prolongada artificialmente. Quería envejecer de verdad. Aunque su cuerpo no encontrara una góndola para descansar y fuera desintegrado según la costumbre de la Corporación. El sueño de tenerla como asistente, de tenerla como hija, no se cumpliría. Era como tantos de sus otros sueños. Una ilusión que jamás se concretaría. Por eso estaba radicado en ese satélite inmundo. Por eso envejecía en la soledad de ese laboratorio.
-Tiene visitas- advirtió la voz del visor de entrada.
Arrancado de sus recuerdos, Katsuo suspiró y observó el visor.
-¿Quién es?- preguntó.
Tardó en reconocerlo, pero supo que se trataba de Magnus, un ingeniero de Yamato que se dedicaba a la colección de objetos antiguos. Había venido a visitarlo algunas veces para preguntarle sobre el origen de las piezas que adquiría en la Feria de Koyama. No tenía ganas de hablar con él. Aunque era un hombre educado, crítico al sistema, los germanos no le caían demasiado bien. Sobre todo cuando aceptaban comportarse como títeres de Yamato.
-Estoy ocupado-
-Es importante. No se imagina lo que conseguí- gritó el ingeniero.
-¿Qué es?- preguntó con escasa curiosidad.
-Un cerebro rígido. Es un modelo Tarcovsky M-st 102-
Katsuo abrió la boca, desconcertado. Nunca había visto uno. Era una joya invalorable para cualquier especialista en cibernética. Un modelo de espionaje que pocos habían tenido la fortuna de estudiar.
-Pase- contestó con la voz entrecortada.
Y cerró la puerta de la sala de internación, despidiendo a su querida Noriko.






