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Capítulo 03: MAGNUS

El aerodeslizador Toyota voló entre los edificios de Yamamoto hacia los márgenes de la colonia, un sitio peligroso pero lleno de esas sorpresas que Magnus solía coleccionar. Su destino era Koyama, un barrio abandonado que había sido usurpado por los excluidos que habían sufrido la última crisis económica. Era lindero al puerto espacial, la única conexión que el satélite de Tezuka tenía con el sistema de Ohashi y con el resto del universo. Aunque los viajes eran escasos, los cargueros todavía aterrizaban en el puerto con el fin de transportar la maquinaria y los productos que la colonia importaba. Pero los tripulantes de los cargueros, además traficaban drogas, y también objetos que habían obtenido en otras colonias y que usaban como intercambio tanto para el contrabando de armas como para sus noches de lujuria. Las prostitutas, generalmente androides del desaparecido Imperio del Sol, tejían una red con los delincuentes de Koyama, liderados por la pandilla de los Yakuza, cambiando esos objetos y esas drogas por dinero. Los coleccionistas como Magnus, un veterano ingeniero espacial, pagaban altas sumas por esos objetos. Magnus había sido reclutado por Yamato cuando su mundo, que formaba parte del Imperio Germano, perdió la guerra contra los Monopolios. Magnus estaba obligado a pertenecer a Yamato de por vida. Había sido indultado, un eufemismo que era usado para evitar la palabra esclavitud. Nostálgico como era de aquellos ideales derrotados, coleccionaba todo lo que hiciera referencia a ellos. Eran objetos prohibidos, pero la decadencia que consumía a la colonia había debilitado los controles y los coleccionistas no tenían mayores problemas para crear sus pequeños museos hogareños. Después de todo, Tezuka fue habitada por sujetos de los mundos que habían perdido la guerra. Y los jerarcas de Yamato habían emprendido la retirada tiempo atrás, primero hacia la gran colonia del planeta gaseoso de Yukio y luego más allá del sistema de Ohashi. Un sistema que se caía a pedazos y que no tenía futuro alguno. Si la Corporación de Yamato todavía ejercía poder en él, era para evitar maniobras independentistas.
Magnus contempló la geografía de la colonia. Koyama ya mostraba su arquitectura en ruinas, sus edificios tomados por los excluidos, su cúpula agrietada por la falta de mantenimiento, su aire viciado por las filtraciones de azufre y de metano. Era el barrio de las nuevas generaciones. Los hijos descarriados de aquellos que habían vendido su alma a Yamato. La buena vida había cegado a los reclutados por la Corporación. Pero la crisis terminó con la buena vida y los jóvenes ya no creían en la fábrica, ya no querían trabajar en ella. Querían desintegrarse en la fantasía de las drogas y dinamitar la cobardía de sus padres. Magnus no los juzgaba. Al contrario, estaba de acuerdo con ellos. Los envidiaba. Envidiaba que no fueran esclavos como él.
El aerodeslizador perdió el control cuando una ráfaga de viento vomitada por un cráter en la cúpula se interpuso en el trayecto. Magnus debió quitar el piloto automático y realizar varias maniobras para estabilizarlo. Se asombró ante semejante filtración. Koyama estaba cada vez más contaminado. Y nadie hacía nada para remediarlo. “Es el fin de la colonia”, dijo con sus pensamientos. En definitiva, deseaba que eso sucediera. Quería que Tezuka y Yukio y el resto de Ohashi desaparecieran de una vez por todas. Anhelaba el caos que podían generar las nuevas generaciones. Soñaba con la cabeza de los jerarcas de Yamato, aunque quedaran pocos. Si fuera posible, le gustaría terminar con ellos con sus propias manos.
“La historia daba un giro completo sobre sí misma”, volvió a decir con sus pensamientos. Aunque no quedaban registros, escuchó de boca de algunos historiadores que Tezuka, en el pasado, fue un refugio de revolucionarios de los sistemas exteriores, como solía llamarse a los mundos situados en el borde de la Galaxia. Cuando los revolucionarios fueron sofocados, tanto por los imperios como por los monopolios, la colonia quedó en manos de Yamato y se la rebautizó Tezuka. Se decía que todos los habitantes originales fueron exterminados. Los holocaustos, eran los primeros en ser borrados de los registros. Si la decadencia era tan grande, probablemente esos jóvenes que vivían en la ilegalidad de Koyama, esos feroces pandilleros que lo controlaban, podrían convertirse, sin darse cuenta, en los vengadores de aquellos revolucionarios. Incluso, si todavía quedaba alguien con la suficiente lucidez, llegarían a ser tan revolucionarios como ellos.
Magnus sonrió y comprendió que soñaba despierto. Se estaba volviendo viejo, cada vez era más difícil conseguir medicinas legales de rejuvenecimiento y las prótesis que llegaban desde otros planetas eran de pésima calidad. Así que la expectativa de vida caía en picada y el cuerpo y la mente se llenaban de amargura y de ingenuidad a pasos acelerados. Era obvio que nada bueno podía salir de Koyama. Ningún idealista podía formarse en un barrio contaminado por el metano. Esos jóvenes estaban destinados a morir siendo eso mismo, jóvenes. Soñar despierto solo lo haría más viejo. Se conformaba con obtener algún objeto del Imperio Germano. Un casco de piloto. Una pistola láser. Incluso, algún relicario de manufacturación soviética, o en última instancia, del Imperio del Sol. Había aterrizado un carguero y la feria de recuerdos tenía que estar colmada.
Por fin, aparcó el aerodeslizador junto al de otros coleccionistas, se colocó la máscara de oxígeno y le pagó a uno de los cuidadores. Por las dudas, siempre llevaba un láser en el bolsillo de su traje blanco. Sabían que venía con dinero y era una presa fácil. Pero los pandilleros que manejaban la feria querían tener todo bajo control para evitar el temor de sus clientes. Era una muchedumbre de gente, así que a cada treinta o cuarenta metros había un Yakuza vigilando. Los ladrones no le hacían bien al negocio. Magnus recorrió los puestos, sin dejar de sorprenderse ante la cantidad de cosas que llegaban desde el espacio exterior.
Sus ojos, el tercer par que se había implantado, observaron los objetos en venta sin dejar pasar ninguno. Había demasiadas cosas valiosas, pero poco espacio en el hogar para guardarlas. Por eso, había que ser meticuloso en la elección. Su pequeño museo estaba repleto. Hasta que, de pronto, encontró algo que le llamó la atención. Se acercó al puesto, empujando con delicadeza a otros coleccionistas, y se detuvo frente a algo que nunca antes había visto en Koyama. Su mano, temblorosa, deseó tocarlo. Estaba en pésimas condiciones. Calcinado. Pero tenerlo en una de sus vitrinas sería estupendo.
-¿Cuánto vale esto?- preguntó con un gesto de falsa indiferencia.
El vendedor se quedó pensando, mirándolo a los ojos para intentar descifrar el grado de su interés.
-Mil-
Magnus negó con la cabeza y amagó con retirarse, pero finalmente extrajo el chip de acceso a su cuenta y le pagó novecientos. Era una ganga. El idiota no tenía la menor idea de lo que estaba vendiendo. Magnus lo abrazó con todas sus fuerzas y regresó con veloces pasos hacia el aerodeslizador. Entró, se quitó la máscara y contempló esa belleza que había conseguido. El cerebro rígido de un antiguo androide soviético modelo Tarcovsky M-st 102.

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