Los rayos serpenteantes iluminaban ese cielo de metano que estallaba más allá de la cúpula. Las estrellas estaban escondidas para siempre. Fueron el faro de aquellos viajes espaciales que parecían tan lejanos, la ruta nuclear que trazaba el camino nauseabundo de la Galaxia. La cúpula, en realidad, había sido vulnerada por las inclemencias del clima, así que la contaminación exterior ya se podía oler en la colonia y era un hedor putrefacto. Zoll, que estaba en el balcón, se había quitado la máscara de oxígeno, dejándose anegar por ese aire enrarecido. Se había acostumbrado a él. Era parte de su vida. Al igual que los edificios abandonados que lo rodeaban. Al igual que esa miseria humana que deambulaba por aquél sector marginado de la colonia. El hogar de los parias. De los obreros que se habían quedado sin fábricas. El hogar de los veteranos de vaya a saber qué guerra espacial. De los androides sin dueño. De los qué como él, no tenían interés en pertenecer a una Corporación ni en obtener un puesto que los sacara de esa luna sepulcral. Zoll era muy joven, pero no tenía esperanzas y prefería languidecer en esa poética soledad.
Cuando sus pulmones dijeron basta, se colocó la máscara y siguió contemplando la geografía del barrio de Koyama. La colonia había sido edificada por Yamato, una fábrica de cruceros interestelares que estaba en crisis, regando desempleados a escala sideral, mientras sostenía su industria transportando armas hacia esas guerras que Zoll desconocía. Guerras que seguramente eran provocadas por intereses económicos y competencias corporativas. Generadoras de monopolios que gobernaban la gloria trunca y sangrienta de la raza humana. Guerras invisibles, que ocurrían más allá de las estrellas, pero que sembraban decadencia en colonias como esa, el lugar dónde fue concebido y donde será enterrado, calcinado, consumido por el cementerio de azufre que fluía bajo la estructura desahuciada de la cúpula.
Zoll se pasaba horas en el balcón, en compañía de sus pensamientos. Se había desterrado a sí mismo en el barrio de Koyama con la intención de languidecer lentamente, de asumirse también un paria. La colonia era su cuna, pero Koyama era la estación de su adopción, el sitio donde mejor se sentía, donde podía reflexionar sin ataduras, ocupando ese edificio en ruinas, a kilómetros de aquellas luces que aún parpadeaban una falaz actividad. Podía obtener sus drogas sin preocuparse por la policía de Yamato. Sin dejarse llevar por la paranoia. En un estado narcótico cotidiano. Envuelto en alucinaciones que lo arrancaban de esa realidad patética. Con su láser Máuser como guardaespaldas. Como arma para robar y obtener así las pócimas de esa felicidad sintética que necesitaba para sobrevivir. Sus incursiones en el centro de Yamamoto también eran una inyección. De adrenalina. De peligro. Era poner en juego su vida para regresar a la comodidad de Koyama y comprar así sus alucinaciones.
Dejó el balcón y entró a su cuarto, quitándose la máscara. Las emisiones piratas bombardearon su cuerpo pequeño y delgado. Los visores proyectaban una pandemia de programas que provenían de diferentes sitios de la Galaxia, retrasados por la inmensidad del recorrido, noticias a las que jamás prestaba atención, pero que le daban una decoración cinética a la desolación de su hogar. Por lo menos, burlaba los filtros de Yamato y accedía a noticias que, aunque sin el menor sentido para él, muchos ciudadanos de la colonia no podían ver.
Se sentó en una vieja butaca que había encontrado en la chatarrería. La butaca de una nave espacial que debió naufragar. Una butaca que había conocido otros planetas, pero que ahora yacía en la inercia de su cuarto, iniciando otros viajes, menos siderales y estrictamente mentales. Abrió una caja de metal que guardaba bajo la mesa y extrajo una inyectora, una suerte de jeringa mecánica con una aguja destinada a penetrar sus venas y descargar una lluvia de recuerdos que alcanzarían su cerebro, diseminando emociones ajenas. Era una droga muy cara, ya que solía utilizar recuerdos de seres que vivieron en ese mundo mítico que llamaban Tierra. Los archivos inyectados contenían fragmentos de memoria informática, vivencias de sujetos que habían muerto, pero que habían dejado sus vivencias en los bancos de aquella Red que había sido destruida durante algo llamado El Gran Formato, un supuesto ataque terrorista que borró la historia humana contenida en los archivos de la Red. Le quedaban cinco dosis y difícilmente obtendría otras.
Se puso cómodo y se clavó la inyectora en el brazo. Esperó algunos segundos y de pronto, su mente se llenó de imágenes tridimensionales. Vio paisajes de un planeta que había dejado de existir. Un océano que se extraviaba en la profundidad del horizonte. Montañas cubiertas de nieve. Hojas que danzaban en las ramas de un árbol que seguramente se había convertido en cenizas. Vio a un niño corriendo en un parque. Esos recuerdos habían sido capturados por alguien que vivió antes del holocausto nuclear. Eran el testimonio de la destrucción. El álbum de fotos del planeta que había engendrado a la humanidad y que ya no era nada, más que un desierto radioactivo. Experimentó una enorme felicidad al presenciar esos paisajes, esos olores, esos sonidos, ese viento soplando en un rostro que había muerto mil años atrás. Pero también sintió una angustia infinita. La melancolía de recorrer durante unos pocos minutos un mundo inaccesible para él.
Cuando los archivos se deshicieron en la red de sus neuronas, las imágenes se apagaron. Todo había terminado. Había vuelto al espacio desordenado de su cuarto. La felicidad, efímera, dejó paso a una depresión abismal. Y Zoll comenzó a llorar. A desahogarse. A entender que nada valía la pena. Su cara llena de lágrimas se tiñó de proyecciones multicolores. Las noticias seguían llegando. Vacías. Desde todos los puntos de una Galaxia sin sentido.






