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Determinan la genética de la bondad

Determinan la genética de la bondad

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El vídeo de hoy confirma una idea que ya he tratado en otros vídeos: El determinante condicionamiento de los genes, que repercuten irremisiblemente en nuestro comportamiento.
La neurología está averiguando todos los entresijos del comportamiento humano. Porque tiene explicación: no es algo que aflore de la nada,  ni es un misterio místico e insondable.
De todos los comportamientos ya explicados, hoy nos vamos a centrar en las áreas cerebrales responsables de la bondad humana.



Hasta ahora los condicionantes se basaban en considerar determinados estímulos culturales y sociales, pero más determinante que eso, es una fisiología cerebral determinada la que dictamina nuestra conducta.
Una parte específica del cerebro llamada córtex del cíngulo anterior subgenual, es la única parte del cerebro que se activaba cuando un sujeto aprende cómo ayudar a otras personas. Dicho de otra forma, esta área parece dedicarse especialmente a beneficiar a otras personas, más que a nosotros mismos.
La comprensión de qué hace el cerebro mientras hacemos cosas por otras personas, y las diferencias individuales en esta habilidad, servirá para estar mejor preparados a la hora de comprender que es lo que funciona de manera distinta en las personas que tienen comportamientos antisociales y peligrosos.
Un hallazgo realizado en 2010 por científicos de la Universidad de Vanderbilt, en Estados Unidos, ya reveló que los psicópatas presentan una anomalía muy concreta en el sistema de recompensa del cerebro (en el llamado, núcleo accumbens), que parece ser lo que provoca que estos individuos den importancia, por encima de todo, a la satisfacción de sus propios intereses o necesidades, sin importarles los efectos de sus actos sobre otras personas o los peligros que puedan conllevar dichos actos.

Francis Crick, considerado uno de los científicos más importantes del siglo XX por su descubrimiento, junto a James Watson, de la estructura molecular del ADN, en su obra “La búsqueda científica del alma: una revolucionaria hipótesis para el siglo XXI”, defiende la inexistencia del libro albedrío, así como la reducción de todo lo que consideramos la identidad humana, a un simple paquete de neuronas y de conexiones entre éstas y su relación con el entorno. Según este enfoque, ¿cómo podrían juzgarse las acciones humanas?
Esto explica por qué en Alemania, algunos especialistas están reclamando la revisión del código penal para adecuarlo a los resultados de la neurociencia. Evidentemente, seguiremos encarcelando a aquéllos que violen las reglas, pero lo que sí debería cambiar, es la imagen que tenemos tanto de esos criminales, como de nosotros mismos. La idea sería tomar conciencia de que las personas no pueden por ellas mismas cambiar su condición (y por tanto, reacciones de odio a lo “linchamiento”, no son  justas). Es decir, constatado el desequilibrio social que pueda manifestar un individuo, por mera perpetuación armoniosa de la especie, tiene que ser tratado mediante aislamiento y posterior reinserción. Pero lamentablemente, hay personas que por su genética, fisiología cerebral, y experiencias vitales, no parece que puedan ser reeducadas.
Los marcadores fisiológicos para la bondad, no acaban aquí...
Investigadores la Universidad de Bonn (Alemania), encontraron que una diferencia genética en un gen específico (COMT), aumenta significativamente la generosidad. Las personas con dicha variante,  eran el doble de generosas en obras de caridad que aquellas personas que no la tenían.

Si el comportamiento altruista depende en gran medida, de determinados genes heredados que no controlamos… Si el deseo de hacer cosas buenas por los demás tiene una causa genética, no parece religiosamente lícito premiar con un lugar en el cielo a aquellas personas que han tenido la conveniencia de heredar dicho gen.
Diablos, ¡Si hasta ser religioso, viene en gran medida condicionado por los genes!
Un estudio realizado por científicos del Institute of Neurology de Londres, reveló que ciertas características en el lóbulo temporal derecho del cerebro, pueden encaminar a la “hiperreligiosidad”. En investigaciones neurológicas recientes, se han descubierto las zonas del cerebro implicadas en las experiencias místicas e, incluso, se ha llegado a crear un mapa que definiría el “cerebro místico”.
Desde hace unos años, y gracias a los avances tecnológicos alcanzados que permiten el registro de actividad neuronal del cerebro, la neurociencia está explicando la religiosidad y la espiritualidad humanas, desde una perspectiva puramente fisiológica.

Ahora sabemos que las experiencias que se han denominado espirituales, religiosas o de trascendencia, se producen cuando se hiperactivan estructuras cerebrales pertenecientes a lo que se llama “sistema límbico” o “cerebro emocional”.
Por ejemplo, la experiencia del alma que intenta salir del cuerpo y vuelve a él cuando el peligro de muerte ha pasado, se puede provocar de manera experimental estimulando eléctricamente una parte de la corteza cerebral conocida como el giro angular.
A la vista de estos hechos, lo que llamamos espiritualidad son experiencias en las que determinadas estructuras de nuestro cerebro, se encuentran muy activas (aunque algunos digan que se entra en contacto con seres de otro mundo).
Desde el punto de vista neurocientífico, el ámbito de lo sobrenatural no es un mundo que existe fuera de nosotros mismos, sino que es un producto de la actividad de nuestro cerebro.
Que el cerebro sea capaz de generar espiritualidad, y además que ésta pueda ser provocada artificialmente, debería obligar a una revisión de los conceptos de materialismo y espiritualidad.

Bien. Todos hemos oído hablar de las predisposiciones genéticas, y vulgarmente se aceptan, pero nadie es verdaderamente consciente de las implicaciones que conllevan.
De lo contrario, seríamos más tolerantes y comprensivos (y no tan duros con los demás). Porque sí, cuando alguien hace algo que no te gusta, que detestas, detrás está una fisiología cerebral que lo arrastra a tal conducta (sazonada además, con su contexto social y experiencias vivenciales).
Es muy superfluo haber nacido aquí o allá; haber tenido estos padres y no otros; haber crecido en una sociedad concreta (con sus valores), y no en otro lugar con costumbres completamente distintas.
Pero esto, tan determinante, no es nada en comparación con la genética impuesta heredada que nos arrastra, irremisiblemente, a actuar del modo como lo hacemos.
Y uno mismo, no puede reprogramarse a placer. No podemos cambiar cuando nos venga en gana. Nuestros circuitos fisiológicos, determinan nuestras capacidades. Y nuestros gustos (programados mediante predisposiciones genéticas), determinan unas acciones alimentadas por el contexto social. Sería muy cómodo elegir dejar de amar a quien no te corresponde, y amar a quien va detrás de ti. Sería consecuentemente lógico y práctico, elegir que el trabajo que tienes, te guste. El libre albedrío, es una ilusión; un espejismo. Porque en cada elección, no haces más que poner de manifiesto tus limitaciones y predisposición hacia algo. Nuestro comportamiento está en verdad sujeto a procesos que te sobrepasan. 

Si se me permite el atrevimiento, y a sabiendas de la impopularidad que conlleva tal afirmación, yo diría que somos meros autómatas. Autómatas celulares, programados por selección natural y condicionados por un código de programación genético.
A nadie le gusta sentirse un robot (un Biorobot, en nuestro caso), pero todos los avances en ingeniería genética y neurociencia, apuntan a un condicionamiento, a unas causas y procesos..., que quedan fuera de nuestro alcance de decisión.
 
"Experimentos recientes en neurociencia, corroboran el punto de vista de que es nuestro cerebro físico, siguiendo las leyes conocidas de la física, el que determina nuestras acciones (y no algún agente que exista fuera de estas leyes).  Si nuestro comportamiento está determinado por nuestras leyes físicas,  parece que no somos más que máquinas biológicas, y que el libre albedrío no es más que una ilusión."
Stephen Hawking

Fuentes:

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